Conoce tus raíces Fundamentos del Judaísmo

Título original: Dá Má Shetashiv, de Marán HaGaón Rabí Moshé Shternbuj Shlit”a.

Traducción: Zalman Grunman 

Corrección: Rabí Aharón Shvetz Shelit”a

Colaborador de redacción: Rabí Moshé Sztabinski  Shelit”a.


TESHUVÁ: CAMBIAR LA VIDA

Está escrito en el Primer Mandamiento (Éxodo 20:2): “Yo soy El Eterno, tu Dios, Quien te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud”. El Rambam (Iesodé HaTorá 1:6) explica que este versículo no es una introducción a los Diez Mandamientos, sino que es un precepto positivo: Fe en la Unicidad de D’.

Cabe cuestionar: ¿Siendo que la fe sólo cabe a la persona convencida que no tiene dudas al respecto, cómo entonces se nos ordena creer?

Podemos responder que el Rambam mismo (Iesodé HaTorá 2:2) esclarece que no nos fue ordenado creer ciegamente, sino que nos fue ordenado observar nuestro derredor y al reflexionar acerca de la maravillosa creación en la cual vivimos, concluiremos que existe un Creador y creeremos en Su Unicidad. Este precepto rige para todo judío y no se requiere conocimientos halájicos para cumplirlo. Ya hemos explicado que a quien se proponga vivir contemplando la realidad desde una óptica objetiva, sin dejarse enceguecer por prejuicios, no se le oculta la excelsitud del Creador y de Su Sabiduría, que se percibe por doquier.

Hay quienes suponen que el concepto de “Teshuvá”, el Retorno, se refiere únicamente a quien habiendo cometido actos inmorales y transgresiones severas, se arrepiente y decide retornar a la senda correcta. Sin embargo, lo cierto es que, el término “Teshuvá” abarca muchísimo más: incluye todo pensamiento o acción que pueda acercar a la persona al Creador.

En cierta ocasión sorprendieron los discípulos a Rab Seadiá Gaón, la gran Autoridad Rabínica de Babilonia y líder del judaísmo en el siglo X, llorando desconsoladamente, increpándose a sí mismo, instándose a arrepentirse. Sus alumnos, extrañados, le preguntaron qué transgresión pudo haber cometido que le ocasionó un sufrimiento tan grande.

El Gaón les explicó que el arrepentimiento no rige solamente para transgresiones. Les relató que en uno de sus viajes llegó a una ciudad alejada, muchos de sus habitantes no lo conocían y tampoco él quiso revelar su identidad. El hotelero que lo albergó lo trató con la misma diligencia con que trataba a los demás huéspedes. Cuando los lugareños, reconociéndolo, acudieron en multitud para aconsejarse o solicitar bendición, el dueño de casa se enteró de la dignidad del huésped. Se le dirigió consternado y suplicando para que lo perdonara por no haberlo honrado como correspondía. El Gaón concluyó que también nosotros, cuanto más nos acerquemos al Creador, reconozcamos Su Grandeza y nos fortalezcamos en el cumplimiento de la Torá, más hemos de acongojarnos por la deficiencia con que hasta el momento lo hemos servido y arrepentirnos. Hay que arrepentirse también por el escaso esfuerzo y la poca intención al cumplir los preceptos.

Todo acercamiento a D’ se engloba en el concepto “Teshuvá”, el Retorno,  porque el alma regresa a su fuente de origen tanto al alejarse del mal como al realizar actos buenos.

Leemos en el Tratado de Berajot (34b): “En aquél lugar donde los retornantes a la senda correcta se apuestan, los justos que nunca han pecado son incapaces de estar parados”. Quien se arrepiente de sus malas acciones y se acerca al Creador amerita a un nivel espiritual que no logran aquellos que siempre se comportaron bien. El motivo es que quien se arrepiente estaba inmerso en su mal camino, no sabía poner límites a sus apetitos, por lo cual, ahora, para poder crecer espiritualmente requiere esfuerzo colosal, a diferencia de que quien fue educado desde pequeño en el camino de la Torá, de la pureza y de la santidad.

El nivel espiritual alcanzado por el retornante se manifiesta también en la recompensa en el Mundo Venidero, que puede llegar a ser mayor que la de alguien que siempre observó los preceptos de la Torá, como aseveran nuestros Sabios: “Según el esfuerzo es la recompensa”.

Todo judío posee una chispa interior sagrada que anhela acercarse a la Torá y a la espiritualidad. El alma es pura, es una parte de D’, siempre predispuesta a retornar a D’. Aunque haya cometido transgresiones y haya opacado la chispa de santidad con capas de deseos mundanos y pensamientos antagónicos  a la Torá, sigue encendida como una brasa, que aunque parezca estar apagada, si la soplan y avivan, volverá a encandecerse, se despertará de su modorra, se arrepentirá de su malos actos y enderezará su camino.

En el Libro de Reyes se relata que el rey Ajav era un pecador empedernido, que obligaba a sus súbditos a transgredir la Torá, practicaba idolatría y la divulgaba por el reino, asesinó e hizo el mal ante D’, más que sus antecesores. No obstante, puesto que creyó en las palabras del profeta, que lo reprochaba y le predecía el implacable castigo que le aguardaba, rasgó sus vestiduras y se arrepintió de todo corazón, por lo cual D’ se apiadó de él, como está escrito: “Siendo que se sometió ante Mí, no traeré el mal en sus días”.

El ser humano está compuesto por materia y espíritu. El cuerpo físico exige que sean satisfechos sus necesidades y apetitos, mientras que el espíritu tiende a acercarse a lo Santo y a la Torá. Así como el cuerpo requiere alimentos para mantenerse y fortalecerse, también el alma se nutre del cumplimiento de la Torá. Ni bien despunta una voluntad, siquiera ínfima, de arrepentirse y decide el individuo corregirse, el alma se despierta para alentar su decisión. A la inversa, cuando abandona el cumplimiento de la Torá el alma de debilita. El simple hecho de haberse propuesto a servir al Creador, insufla fuerzas vitales al alma, aun antes de que lo lleve a la práctica. Es evidente que ni bien se decida, se le presentarán obstáculos inesperados, porque el instinto del mal se opone con todas sus fuerzas y hace lo imposible para que nadie se arrepienta. Hay que luchar contra él muy firmemente, a fin de vencerlo.

Al vencer esta primera batalla, el alma saldrá fortificada y podrá ayudar más en la senda del Retorno. Aunque seguirá topándose con estorbos en el camino, la guerra se hará un poco más fácil. A quien el arrepentimiento lo conduzca a dedicarse al estudio de la Torá, se le considerará que se arrepintió íntegramente, porque se habrá hecho más fuerte que su instinto del mal, ya que tendrá claro que se encuentra en el sendero correcto.

Siendo que cada judío posee su chispa de santidad originada en su espíritu, es llamado quien se arrepiente de sus malas acciones: “jozer  bitshuvá” -“retornante”-, porque no está modificando su camino, sino que está regresando a su estado original, donde se encontraba antes de haberse alejado. Vuelve a su origen y a su situación natural.

El derecho a arrepentirse, confiere un gran consuelo al pueblo judío, porque brinda a quien cometió severas transgresiones, la posibilidad de retractarse, acercarse a D’ y expiar sus pecados. No sólo no le recordarán sus transgresiones sino que D’ estará contento con él, se apiadará de él y le ayudará a acercársele. Si bien, la Torá advierte que si transgredimos sus preceptos padeceremos toda clase de sufrimientos, no hay nada que se interponga al arrepentimiento y siempre podremos corregir nuestros errores y evitarnos el castigo, porque el arrepentimiento borra toda transgresión.

Hay quienes, habiendo incumplido la Torá, al cerciorarse de su veracidad y desear acercarse al cumplimiento de los preceptos, tienen reticencia de arrepentirse porque temen de los cambios a operar en sus vidas y de las dificultades que se les presenten. Se imaginan que el camino hacia el arrepentimiento, es arduo, incluso empezar a andarlo. Están convencidos de que para vivir de acuerdo a la Torá se deben cumplir leyes severas y asfixiantes y lo asemejan a trabajos forzados.

Están equivocados; lo contrario, enseñan Nuestros Sabios (Ética de los Padres 6:2): “No es libre, sino quien se ocupa de la Torá”. La Torá libera a la persona de las cadenas del instinto del mal, del sometimiento esclavizante a los placeres mundanos y de la persecución permanente de satisfacciones efímeras, ennoblece la naturaleza humana y educa a disfrutar correctamente de los placeres de la vida.

Saciar los apetitos de manera ilimitada y sin ningún control, hace peligrar tanto al cuerpo como al alma y conlleva sentimientos de culpabilidad difíciles de sobrellevar. Siguiendo el camino de la Torá tanto el cuerpo como el alma funcionan correctamente, sin que pierdan ninguna sensación placentera.

A quien teme de las dificultades que se le presentarán para cumplir la Torá, confortaremos asegurándole que sólo el primer paso es costoso, pero después, la alegría del alma y el reconocimiento de la verdad, lo fortalecerán y le harán sobrellevar todos los desafíos.

Enseñan Nuestros Sabios (Ética de Nuestros Padres 4:2): “Un precepto conduce a otro precepto”, significa que el cumplimiento de un primer precepto conduce naturalmente al crecimiento espiritual.

Los jóvenes razonan: ¿Para qué apresurarse? ¡Déjenme disfrutar de la vida, ya tendré tiempo para enderezarme! Sin embargo, así como cuanto más se ensucie una camisa, más difícil será lavarla, también postergar el arrepentimiento cohibirá su ejecución. Cada vez que penetra en la mente una voluntad de arrepentirse, por pequeña que sea, hay que verla como una advertencia que están enviando desde el Cielo. Quien la deje de lado, se expondrá al peligro de que le ocasione un daño casi irreparable. Por lo tanto, ni bien vea que su conciencia no lo deja tranquilo, lo más aconsejable es que inmediatamente haga introspección para analizar sus actos y arrepentirse de ellos.

Existen principalmente tres factores que impiden que la persona se arrepienta.

El primero de ellos es la presión de la sociedad: ¿Qué dirán mis amigos? ¿Qué dirán al verme luciendo kipá y respetando el Shabat? ¡Me tildarán de primitivo!

El segundo factor es que teme que no sea capaz de cumplir las leyes como corresponde, por lo que prefiere, ni empezar a cumplirlas.

El tercero, es que supone que cometió pecados tan graves que ya no tiene arreglo. Cree que su arrepentimiento no será aceptado por D’ y nunca expiará sus transgresiones.

Todas estas son artimañas del instinto del mal. Hay que tan sólo intentarlo para después de haber dado el primer paso, constatar que todos sus temores se habrán esfumado.

Para finalizar este capítulo aclararemos que la historia de las últimas décadas registra la experiencia de miles de retornantes que echando por la borda carrera, amistades, tren de vida lujurioso o prejuicios arraigados, salvaron sin mayores dificultades cuanto obstáculo se les presentó y se dedican actualmente con ahínco al estudio de la Torá.

Si el lector se pregunta cómo es posible que tal inusitada revolución haya tenido lugar, nos aventuraremos a afirmar que ese interrogante puede ser respondido exclusivamente por D’, Quien como Padre Misericordioso, despierta a Sus hijos. Cabe aclarar, no obstante, que los retornantes en su mayoría, no transformaron sus vidas del día a la noche, sino paulatinamente cada uno según sus posibilidades.

El primer paso, es meramente despertar el ánimo de retornar a la raíz de la existencia. D’ ayuda de manera sobrenatural a abandonar los descarríos pasados e iniciar un nuevo derrotero con fuerzas renovadas.

En resumen, a fin de cuentas, cada judío desde el más ilustre de los estudiosos hasta el jornalero más modesto, ha de hacerse retornante, en ininterrumpido crecimiento y aumento del caudal de sus conocimiento de la Torá y de temor a D’. La decisión de arrepentirse y crecer espiritualmente, puede acaecer en una fracción de segundo, que se convierte en el instante más preciado de la vida.