MISHPATIM

 

Aun cuando el tribunal rabínico dictamina erróneamente que el demandado está obligado a indemnizar al demandante, lo salva de otro sufrimiento

 

Está escrito en la Parashat Mishpatim (Éxodo 21:1): “Y éstas son las leyes que colocarás ante ellos”, en el Zóhar  (Mishpatim folio 94a) explica: Rabí Shimón explicó este versículo de la siguiente manera: “Estas son las leyes del proceso de gilgula”.  

 

Hay quienes interpretan que la palabra guilgula significa “reencarnación”. Quien ha perdido un pleito puede llegar a pensar: “el Tribunal Rabínico se equivocó en el veredicto al obligarme a indemnizar”. Sin embargo, es factible que en la reencarnación anterior él le debía dinero al litigante y ahora D’ le da la posibilidad de devolvérselo. Por lo que, aunque en este juicio, particularmente, no tendría que indemnizar, de todos modos, el Tribunal Rabínico dictamina que sí debe indemnizar para que pueda corregir su alma y devolver el dinero a quien se lo debe.

 

En mi opinión, podemos explicar las palabras del Zóhar de otra manera: A veces el acusado tiene argumentos a favor y éstos son lógicos según el entendimiento humano y serían aceptados en los Tribunales no judíos; por ejemplo, si tiene familiares cercanos (padre, hermano) que podrían atestiguar a su favor, pero por Ley de la Torá están inhabilitados. El Tribunal no acepta su testimonio y dictamina en su contra.

 

Al haber perdido el pleito, se queja contra el Tribunal Rabínico y piensa: “¿acaso este veredicto es justo?, ¡tengo testigos a mi favor, el dinero me corresponde!, ¿qué razón hay para no aceptar el testimonio de mis familiares?, ¿por qué roban mi dinero?”.

 

Interpretando que el término “gilgula” significa también “hacer rodar”, diremos que a esto se refiere el Zóhar al llamar a los juicios monetarios “sedurin degilgula“.

 

D’ hace rodar el veredicto de un juicio a otro y lo juzga con rectitud, porque si bien en este caso particular, no tendría que indemnizar, D’, que sabe todo, por su bien hace que el Tribunal Rabínico dictamine que sí deba indemnizar, para que por medio de este gasto aparentemente injusto, se salve de sufrimientos más severos que merece por algún otro asunto. 

 

Por ejemplo, si ha cometido una transgresión muy severa, no obstante, D’ desea aliviarle el castigo para expiarla, por lo que le decreta una pérdida económica en lugar del castigo severo que realmente merecía.

 

En resumen, cuando la persona se queja del veredicto de los jueces, no sabe que todo es para su bien, para que expíe su transgresión. Porque todo lo que D’ hace es para bien.

 

Reflexiones acerca del esclavo hebreo

 

Está escrito (Ibíd. 21:2-6): “Si compras un esclavo judío, trabajará durante seis años y al séptimo año saldrá libre, sin cargo. Si llegare solo, se irá solo; si es el marido de una mujer, su mujer se irá con él. Si su señor le diere una mujer y ella le diere hijos o hijas, la mujer y sus hijos pertenecerán a su señor y él se irá solo. Mas si el esclavo dijere: «Amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; no saldré libre», entonces su señor lo traerá a la corte y lo traerá a la puerta o a la jamba de la puerta, y su señor le perforará su oreja con el punzón y él lo servirá por siempre”.

 

Rashi explica que se trata de un esclavo que fue vendido por el Tribunal Rabínico porque no tenía dinero para pagar lo que robó.

 

Hemos de reflexionar que las sanciones de nuestra sagrada Torá se diferencian completamente de los códigos legales gentiles.

 

Porque la finalidad de los castigos en los tribunales no judíos, es de castigar al transgresor, en tanto que la finalidad de las sanciones de nuestra sagrada Torá no tienen el propósito de hacer sufrir al transgresor, sino de educarlo y corregirlo. Al esclavo hebreo si bien por un lado lo desprecian al venderlo como esclavo, para que comprenda cuán grave es robar dinero ajeno, por otro lado, su dueño debe honrarlo. Como se enseña en el Tratado de Kidushín (22a) que el patrón debe vestirlo honrosamente y alimentarlo con holgura, como se viste y alimenta a sí mismo.

 

Tosafot (20a) citan en nombre del Talmud Jerosolimitano que si el patrón tiene solamente una almohada para dormir, se la tiene que dar al esclavo y él dormirá sin almohada. 

 

Por lo que, cuando el esclavo percibe que lo tratan honrosamente, entiende que una familia educada según el camino de la Torá está llena de bondad, intuye el regocijo que se siente por cumplirla y también él deseará conducirse según la Torá y se preparará a sí mismo para vivir de acuerdo a la Torá, cuando sea liberado. De todos modos, lo obligan a desposar a una esclava cananea y convivir con ella, para enseñarle que por haber transgredido una prohibición muy severa y baja, ha descendido de su dignidad, ya que está prohibido que un judío libre despose a una esclava.

 

Su convivencia con la esclava, que es una mujer burda, desvinculada de la vida espiritual de los judíos (pese a que también ella debe cumplir los preceptos), le hace meditar cuán semejante a ella se ha hecho al robar e inclinarse por la adquisición desfrenada de bienes mundanos.

 

Si al culminar los seis años de esclavitud, el esclavo dice: «Amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; no saldré libre», se demuestra que todavía sigue vacío espiritualmente, quiere continuar viviendo con la esclava, por lo cual no merece retornar a la congregación de los judíos, quienes son esclavos de D’. Por ende, lo que no se lo libera, como está escrito: “su señor lo traerá a la corte y lo traerá a la puerta o a la jamba de la puerta, y su señor le perforará su oreja con el punzón y él lo servirá por siempre”. La Torá empieza los versículos referentes a los juicios monetarios con el caso del esclavo hebreo, para demostrar la justicia y rectitud que hay en los juicios de la Torá. Todo quien reflexione sobre esta sección de la Torá comprobará que todos los juicios de D’ son justos y verdaderos.